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Montañas, viñedos y paz: cómo es el paraíso cordillerano que eligen muchas familias que se cansaron de vivir en la ciudad

En Tinogasta, localidad ubicada en el oeste catamarqueño, muchos porteños y rosarinos compraron pequeñas fincas y comenzaron a producir vino. Historias de quienes dejaron atrás sus historias personales y apostaron a un cambio de vida

Para Claudio Díaz, el gran cambio en su vida comenzó años atrás cuando, aconsejado por amigos que habían comprado por la zona, adquirió una pequeña finca con olivares en Tinogasta, uno de los 16 departamentos en los que se divide la provincia, conocido por su clima árido y sus ruinas arqueológicas. Por la Ruta Nacional 60, y con un paisaje precordillerano de escasas lluvias, que deslumbra por la imagen del Gigante Dormido -ícono montañoso de la comarca- aparecen las ciudades de Tinogasta y Fiambalá, en el valle del río Abaucán. Claudio las había visitado con su familia y quedó deslumbrado por los paisajes, como suele suceder con los visitantes que descubren las bellezas de Catamarca, el punto menos turístico del norte argentino, donde Salta, Jujuy y Tucumán comparten el podio.

Allí, a lo largo de más de 50 kilómetros, se encuentra la “Ruta del Adobe”, un circuito con sitios históricos y bodegas. En Fiambalá, además, está la vedette del turismo internacional catamarqueño: las termas al aire libre a 2000 metros de altura. Y la cercanía con circuitos de aventura como los “seismiles”, una de las regiones de mayor altura de la Cordillera de los Andes con 20 cumbres y volcanes a 6000 metros, que lo convierte en un destino irresistible para los andinistas del mundo.

Claudio está por cumplir 50 años. Explica que tenía una imprenta que con el macrismo cayó estrepitosamente. Debió empezar de nuevo: de veinte empleados se quedó con seis. Y, al poco tiempo, cerró. “No es lo mismo arrancar a los 25 que a los 50. Vendimos lo que pudimos, nos fuimos de Buenos Aires con una mano atrás y otra adelante”.

El lugar para comenzar de cero fue la finca que había comprado en Tinogasta. Y luego llegó la casualidad, según se lo explica Díaz. Un conocido llamado Kurt Carrizo, descendiente de alemanes y oriundo de Palo Blanco -un pueblo de montaña a 94 kilómetros de Tinogasta-, le preguntó si quería hacer vino. “Dijimos que sí porque no nos quedaba otra. Si nos hubiera dicho de hacer naves espaciales, hoy estaríamos con eso. Nos vinimos con mi familia -mi mujer Roxana y mi hijo Felipe- y la familia de mi hermano, Rubén”.

Resultó que Kurt era una eminencia: había aprendido con su abuelo el quehacer del vino orgánico. Tinogasta se caracteriza, en efecto, por la excelencia de sus vinos de altura. “Esta zona es el lugar de la Argentina de la uva con más azúcar, tiene mucho cuerpo, más cuero en la piel”, explica Díaz, que creció en experiencia al lado de su producto. “Lo nuestro fue muy rápido, en tres años logramos posicionar el vino cuando no teníamos ni idea de la uva”.

Hicieron el primer vino. Moliendo uva, cosechando, embotellando: participaron de la gestación junto a Kurt, aprendiendo desde cero. Les pareció que había salido rico y, a los ocho meses, Kurt lo llamó para que fueran a buscar un premio a Mendoza. No entendía nada.

“Kurt lo mandó así, con la botella y el corcho, sin decirme nada. Allá me felicitaron, me dijeron que si llegaba bien envasado, ganaba la medalla de oro”. Primero le pusieron Oveja Negra, pero en Chile ya había otro con otro nombre. Se decidieron por Llama Negra, homenaje al animal autóctono de la zona. El año pasado sacaron medalla de plata con un Bonarda. Se insertaron rápidamente en la comunidad, organizaron la fiesta del vino en el pueblo, que cumplió la tercera edición con Alejandro Korol como padrino. “Lo suelo visitar en Buenos Aires, y también participé en su programa el Korol del vino”, dice.

Hasta que el año pasado, un amigo le sugirió:

-¿Por qué no aprovechas para dejarle los vinos a Alberto?

-¿Adónde?

-Va a estar en Chilecito…

Díaz terminó de hablar y preparó una caja de su línea de lo que llama “vinos peronistas”. Su amigo le pasó un teléfono para contactarse con el entorno del presidente. Luego salió raudamente hacia La Rioja, donde el máximo mandatario encabezaba la segunda reunión del Gobierno Federal.

“Para mí, era algo emocionante. Para ellos, algo más en el montón de regalos”, dice Claudio, que manejó las dos horas de ruta hasta Chilecito pero debió pegarse la vuelta porque había una larga demora ceremonial. Alguien le avisó que regresara al día siguiente. Volvió a salir, bien temprano, en el alba de enero. Esta vez dio con la persona indicada.

Hace un año, Claudio Díaz lanzó una línea para regalar a sus amigos con imágenes de Eva Perón, Juan Domingo Perón, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Antonio Cafiero y Alberto Fernández, entre otros.

-Explotó. Aunque no son comerciales, se viralizó de tal manera que me los empezaron a pedir de todos lados. Lo hicimos con una impronta artística, con dibujos y no con fotos, tienen un toque surrealista en el diseño -habla Claudio desde su bodega en el oeste catamarqueño, a 1300 metros de altura en el cordón precordillerano.

Dice que apenas arribó a Chilecito le obsequió a Santiago Cafiero una botella con la cara de su abuelo Antonio y al funcionario le cambió la cara. “Y cuando me acerqué a Alberto agité las manos con las botellas y me sonrió. ´Uy, mirá qué lindo, hasta me dibujan y todo´, me dijo. Pobre, tenía una cara de cansado. Le di también la botella con la imagen de Néstor. Hablamos dos palabras, había mucha gente. Él recibió montones de regalos, su séquito iba agarrando las bolsas, pero él agarró los vinos por motu propio, los subió a su camioneta. Nuestro corazoncito es peronista, nos hicimos desde abajo, con mucho sacrificio”.

El lugar de Tinogasta donde se instalaron se llama San José y es un espacio que ganó protagonismo con las bodegas boutique, algo que posicionó a la viticultura catamarqueña en los últimos años. Se los denomina también como vinos de autor, y tienen una producción pequeña, selecta, casi de reserva; un verdadero producto en extinción, como bien lo narra Alessandro Baricco en su ensayo “Los bárbaros”. Un vino deliberadamente orgánico, con escasa intervención industrial y tecnológica. Así explica Claudio Díaz: “Intentamos que el Malbec conserve el sabor propio de la uva, sin agregado de madera. Que desarrolle el sabor propio, con mucha fruta, muy aromático, suave al paladar”. Sus botellas llevan impresas imágenes de las históricas iglesias de la Ruta del Adobe, del Oratorio de los Orquera. Dice que el apoyo del municipio local fue clave para mejorar la elaboración, producción y la promoción de los vinos.

“Conocíamos el lugar. Nos costó adaptarnos, con hijos adolescentes no es fácil acomodar la familia a una nueva vida. Pero acá lo pasan bárbaro, Tinogasta es un gran pueblo, vivimos con una libertad que no teníamos. Si bien son culturas distintas, nos fuimos adaptando de a poco hasta ser parte activos de la comunidad”, se explaya Claudio. Y no es el único.

La primera vez que Gabriela Tedesco conoció Tinogasta fue hace poco más de diez años, haciendo turismo. En el distrito de San José supo que un anciano quería vender su quinta. Así fue como creó su bodega Finca La Gloria. Lo hizo sola, con ahorros de trabajos anteriores, y no fueron pocos los lugareños que la miraron raro por ser la única mujer encargada de una bodega.

-Tinogasta es un potencial en la calidad de la uva, con la concentración de la azúcar que necesita para ser vino. Son tan buenos como los de Cafayate -explica y muestra sus vides, donde también hay olivos con una aceituna Arauco, del tamaño de una bellota.

De Berazategui a Tinogasta, Gabriela, de 49 años, no dejó su metalúrgica familiar pero cada vez se siente más catamarqueña. “Me encanta la gente, el clima. Salir a la ruta y ver el cerro Famatina con nieve. Estar en la casa de adobe fresco, y afuera el calor de 35 grados. Que los zorros te espíen desde la ventana. Y cuando vino gente de Buenos Aires, ellos también se encantaron del lugar”, dice.

El fenómeno prolifera en la zona: los que arriban de Buenos Aires se enamoran de Tinogasta y Fiambalá y crean emprendimientos productivos. Entre iglesias -como Nuestra Señora de Andacollo, construida en barro en 1850-, plazas coloniales, comandancias y mayorazgos, bosques de algarrobos y dulces exquisitos como el cayote, la “Ruta del Adobe” es conocida por su “oro rojo y verde”, con vides y olivos de más de 400 años; en las paredes de los pueblos hay murales contra la megaminería y los vecinos cortan con sus manos los racimos de los viñedos que están pegados a las calles angostas.

La Ruta puede hacerse en auto, en moto o en bicicleta -caravanas de motoqueros y ciclistas se aventuran hacia el paso cordillerano-, bajo el amparo de apachetas al costado del camino, la ofrenda a la Pachamama constituida de montículos de piedras. Catamarca es telúrica y enigmática, con una riqueza arqueológica y cultural ancestral, tan cerca de Dios como del Diablo, con sus populares salamancas y bajo una cosmogonía andina que se resiste al paso del tiempo.

Hoy Gabriela Tedesco viaja todos los meses a Tinogasta y lleva un control diario de su bodega. Tintos, blancos y rosados. Produce cerca de 4 mil litros al año, y sus varietales son Torrontés, un rosado, Syrah, Bonarda y Malbec. Su casa es de adobe, tiene casi cien años y la acondicionó para que funcione su bodega. Tuvo que reconvertir su viñedo, que tenía una uva criolla no apta para la viticultura, y recibió ayuda del municipio. “Vengo de familia de italianos. Mis abuelos, mis tíos, mi papá hacían vino todos los años para tomar entre nosotros. Al descubrir los vinos de Tingoasta y Fiambalá, me dije: ´Acá puedo hacer vino yo también’. Para vender y vivir de otra manera”.

Por Martin Andres Ares

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